Opinión

Autónomos a la carta, autónomos precarios

Realmente no sé cómo hay que llamar a este “nuevo” sector que está irrumpiendo en el mercado laboral –quizá sólo rompiéndolo-.

Autónomos a la carta, autónomos precarios

No sé si se llama economía colaborativa, economía digital, economía online… Pretende ser una nueva forma de hacer negocio usando como herramienta internet y las redes sociales, intentando establecer una relación distinta con el cliente, más directa. Pero, a mí me parece que algunas de sus mañas empresariales son antiguas, viejas como la Pirámide de Guiza. Por lo menos en lo laboral. 

Primero quisieron entrar en sectores ya maduros por las bravas, diciéndole a la gente que podían trabajar como freelancers sin pagar impuestos y sin darse de alta como autónomos. Incluso no les ponían trabas si estaban cobrando a la vez la prestación por desempleo. Luego, cuando los sectores con los que competían deslealmente protestaron y su grito llegó a las administraciones, quisieron convertirlos en algo así como falsos autónomos. Ahora, cuando también se les ha advertido de que la inspección de Trabajo puede molestarse, piden cambiar las leyes para crear una figura híbrida entre asalariado y autónomo, quizá con lo peor de ambos mundos.

Ha quedado claro que algunas de las nuevas plataformas digitales que se están asentando no están dispuestas a contratar asalariados. No quieren asumir costes sociales, no porque no puedan, sino porque les sale más rentable ahorrarse las cotizaciones, las indemnizaciones por despido. En mi opinión, su intención es competir en precio a costa de no pagar salarios ni cotizaciones. Si fuera así, repito, no sería algo nuevo. Muchos antes que ellos lo intentaron.

Todo apunta a que, para evitar contratar asalariados, algunas de estas plataformas han puesto sus ojos en la figura del autónomo. ¡Eureka! A simple vista parece que es esa la solución para tener un trabajador sin carga alguna. Deben pensar: el trabajador realiza el servicio, yo lo cobro, les doy una parte y me quedo otra para mí. A partir de ahí, que ellos se lo coman y que se lo guisen. Que se paguen su Seguridad Social y se las vean con Hacienda. No quiero saber nada más.

Como la sociedad y la Seguridad Social pueden ver esta fórmula como demasiado indigerible, los gurús de la economía digital u online se han dado cuenta que es mejor pedir al Gobierno una figura intermedia entre asalariado y autónomo. Sería un trabajador a la carta, a la llamada, al tajo.  No buscan a alguien que les venda un producto o un servicio sino un currito que reparta, que transporte viajeros, que haga centros de flores o que venda a domicilio. 

En principio se les da la oportunidad de elegir los días y las horas de trabajo. Y, por ese tiempo, se le paga una tarifa fijada, menos la comisión que se queda la empresa. Sin ninguna relación laboral, sin protección ninguna, ni cobertura por riesgos laborales, ni nada. Y a esto, como no le pueden llamar asalariado, le quieren llamar autónomo. 

Pero un trabajador por cuenta propia no es eso. Es una persona que tiene una idea, la pone en práctica, asume un riesgo, busca financiación, aporta sus propios elementos de producción, factura lo que considera conveniente por su trabajo y, por supuesto, paga sus impuestos y sus cotizaciones. Tiene algunas dificultades, nadie dice que ser autónomo sea fácil. Pero también tiene grandes ventajas: somos dueños de nuestro trabajo y lo distribuimos como queremos, tenemos distintos clientes, cobramos en cada momento lo que dicte la oferta y la demanda, no tenemos jefes, los aciertos son nuestros y los ingresos pueden ser todo lo grandes que seamos capaces de lograr.

Lo que proponen algunas plataformas digitales ni siquiera podría considerarse como lo que debería ser el autónomo a tiempo parcial, figura que hay que crear sin duda. Un autónomo a tiempo parcial sería un músico que toca jazz por las noches mientras que por el día es profesor de instituto, es un director financiero que lleva varias contabilidades por las tardes, es un médico que todos los años viaja impartiendo seminarios y conferencias, es un periodista que enseña matemáticas a cinco o seis alumnos de la ESO. Lo que hoy se denomina pluriactividad, pero entendiendo que hay una habitualidad en su actividad como autónomo a tiempo parcial.

Otros dicen que estos nuevos trabajadores a la carta podrían asemejarse a los trabajadores autónomos económicamente dependientes, es decir, aquellos que tienen un cliente del que facturan, al menos, el 75% de sus ingresos. Habrá que demostrarlo porque un trade tiene unas condiciones particulares a las que hay que ceñirse: debe trabajar bajo criterios organizativos propios, debe aportar sus propias herramientas de trabajo y éstas deben ser relevantes, y debe asumir el riesgo o ventura por la actividad que realiza, entre otras. 

No pueden ser Trade aquellos profesionales que ejerzan su actividad conjuntamente con otros, formando una sociedad o similar, los que no hayan firmado un contrato mercantil, lo que tienen que acudir al lugar de trabajo del cliente diariamente y con un horario fijo, los que reciben encargos que no puede rechazar. Además tienen una serie de derechos como indemnización por despido, vacaciones, etcétera. Les pasó a ciertos odontólogos de una conocidísima red de clínicas dentales. Querían hacerlos pasar por trades y decían que sus autónomos aportaban su propio material aunque se comprobó que no era así. Medios materiales relevantes, concepto en el que no sé si entra una bicicleta, un móvil o un portátil. 

Mucho antes de que existieran estas plataformas hubo otros que quisieron competir con ventaja frente a los que pagan sus cotizaciones e impuestos. Buscando atajos y chocando con los que deben comprar una licencia, hacer frente a sus cuotas y están al corriente con Hacienda. Está bien crear nuevos servicios más ágiles, más modernos, más accesibles al consumidor y más baratos. Pero cumpliendo las leyes establecidas para todos, jugando con las mismas reglas.

Estos atajos que no llevan a la cima sino a un barranco son también los que leo en El Confidencial sobre que la Inspección de Trabajo ha entrado en Factoo, cooperativa que ofrece facturar a terceros sin necesidad de darse de alta como autónomo. O en El Independiente sobre las alarmas que han saltado sobre Airbnb, plataforma online de alquiler de pisos turísticos con 5,4 millones de clientes, que sólo ha declarado en España un beneficio de 136.000 euros gracias a que factura desde Irlanda.

En España todo trabajador, a Dios gracias, tiene bien claros sus derechos. Y se puede realizar casi cualquier profesión bajo dos paraguas bien amplios, tamaño king sice: los asalariados y los autónomos. Cada uno con sus alegrías y sus miserias, con pros y sus contras. Ha costado mucho dignificar la figura del autónomo para que ahora retrocedamos. Proponer una nueva figura buscando sólo las ventajas para la empresa y dejando en la misma línea de la desprotección al trabajador  es intentar meter un pié en el proceloso lago de la precarización laboral. 

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